Mascotas Remedios Naturales

La menta que devolvió el apetito a “Simón”

Simón era un gato atigrado de mirada intensa, de esos que parecen leer tu pensamiento. Vivía con Laura, una profesora de literatura que lo había rescatado de la calle hacía cuatro años. Siempre había sido un comedor entusiasta, especialmente cuando se trataba de su paté favorito de salmón… hasta que un verano, sin motivo aparente, comenzó a rechazar la comida.

Al principio, Laura pensó que era un capricho felino. Pero los días pasaron y Simón apenas tocaba el plato. Su energía empezó a decaer y su cuerpo a adelgazar. Preocupada, lo llevó al veterinario, quien descartó enfermedades graves, pero le comentó que podía estar pasando por una pérdida temporal de apetito, quizá por el calor o por estrés.

—Podrías probar algo natural para estimularlo —le sugirió el veterinario—. La menta gatuna, también conocida como catnip, suele abrirles el apetito y mejorar su ánimo.

Laura recordaba haber visto juguetes rellenos de esa planta, pero nunca la había usado fresca o seca como complemento. Ese mismo día, fue a un vivero y compró una maceta de menta gatuna orgánica, asegurándose de que no tuviera pesticidas.

Cuando llegó a casa, cortó unas hojas y las frotó suavemente entre sus dedos para liberar el aroma. Simón, que estaba echado en el sillón, levantó la cabeza y sus orejas se movieron como antenas. Se acercó con curiosidad, olfateó las hojas y, en un gesto casi infantil, empezó a frotarse contra la mano de Laura.

Ella colocó unas pocas hojas trituradas sobre su comida húmeda. Simón olfateó de nuevo, y para su sorpresa, comenzó a comer. No devoró el plato de inmediato, pero sí dio pequeños bocados, como quien recupera el gusto perdido.

Durante los siguientes días, Laura repitió el ritual: un poco de menta fresca, siempre en cantidades pequeñas, mezclada con la comida. El cambio fue notorio. Simón empezó a rondar la cocina a la hora de comer, sus ojos recuperaron el brillo y su energía volvió. Incluso retomó su costumbre de esperar a Laura en la puerta cuando regresaba del trabajo.

La menta gatuna no solo le devolvió el apetito, sino que también mejoró su ánimo. Laura aprendió a usarla como un aliado ocasional, no como un ingrediente diario, para evitar que perdiera efecto. Y, de paso, descubrió que cultivar esta planta en casa no solo era sencillo, sino que también le daba a Simón un pequeño jardín personal.

Hoy, la maceta de menta ocupa un lugar especial junto a la ventana. Simón suele sentarse ahí, oliendo sus hojas y observando el mundo exterior, como si supiera que esa planta fue la llave para recuperar su alegría.

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